Espacio de Antonio Álvarez

¿ES EL VIOLÍN O EL VIOLINISTA? | 30 septiembre, 2012

La difícil facilidad de los maestros

Por su manufactura y por sus materiales, por su cuidadosa y esmerada fabricación, existen instrumentos musicales de calidad excepcional. Entre los violines destacan los Stradivarius, los Amati  y los Guarnerius. Todos son sumamente raros y su costo es elevadísimo. El Vieuxtemps Guarneri, que lleva ese nombre por haber  sido fabricado por Giuseppe Guarneri del Gesú  y haber pertenecido a Henri Vieuxtemps, célebre violinista francés del siglo XIX,  tiene un precio estimado en 18 millones de dólares. Resulta natural,  por lo tanto, que a ese instrumento se le conozca como la Mona Lisa de los violines y que únicamente a virtuosos como Yehudi Menuhin, Itzhak Perlman y Pinchas Zukerman se les haya permitido tocarlo en ocasiones especiales.

Más valioso aún es el Guarnerius Il Canone que Niccoló Paganini tocó en el cenit de su carrera y de su vida. También fue construido por el mejor laudero de Cremona. Nunca se pondrá a la venta pues es considerado tesoro cultural de Génova y patrimonio de Italia. Embelesadas, las personas que escucharon a Paganini tocarlo, afirmaban que su música era sobrenatural e incluso muchas creían que éste había hecho un pacto con el Diablo. Claro está que el aspecto raro y desgarbado de Paganini, su prominente nariz semítica y el hecho de padecer el síndrome de Marfán (manos de 45 centímetros,  brazos larguísimos, columna desviada, mandíbula muy pequeña) favorecían la impresión que daba como beneficiario de un pacto diabólico, sobre todo porque en plena ejecución, Paganini intencionalmente hacía que se reventara alguna de las cuerdas de su instrumento y frente al pasmo de todos, continuaba ejecutando a la perfección su melodía como si nada hubiese ocurrido.

¿Acaso las ejecuciones magníficas de Paganini se debían a que usaba un  Guarnerius?  La respuesta debería ser obvia: Paganini con un violín regular sería capaz de producir música excelsa, mientras que un violinista desmañado aun con el más fino instrumento apenas podría lograr ejecuciones mediocres.

Las interpretaciones de Paganini se debían a la absoluta consagración a la práctica y estudio de su arte. Bien sabía que su talento solamente   daría  abundantes frutos si lo cultivaba con el máximo esmero día tras día. Como Miguel Ángel Buonarroti y Leonardo da Vinci, como Franz Liszt y Serguéi Rachmaninov, como Auguste Rodin y Pau Casals, Niccoló Paganini logró “la difícil facilidad de los maestros”, es decir, logró hacer parecer sencillo lo que al común de los mortales resulta extremadamente difícil. Esto se vincula directamente con el trabajo de los profesores –y de alguna manera todos lo somos, primordialmente los papás-, pues niños y jóvenes etiquetados como “imposibles de educar”, asombrosamente dan lo mejor de sí y responden de manera asombrosa cuando trabaja con ellos un genuino maestro. Asimismo, estudiantes de enorme potencial muestran un rendimiento pobre, cuando les toca la desgracia de tener como profesor a una persona sin vocación, irresponsable y carente de amor a la vida. Entonces la validez del símil resulta evidente: así como con un violín normal se puede producir música perfecta si quien lo toca se ha consagrado a su arte, también con muchachos ordinarios y hasta problemáticos se pueden promover aprendizajes significativos y obtener resultados extraordinarios si su educador tiene verdadera vocación y se esmera en su trabajo, si de verdad ama su profesión y a sus alumnos.  En las artes, como en la vida, atendiendo lo principal, lo demás se da por añadidura.

No es el violín, sino el violinista quien hace la diferencia.


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